Fui formada en una educación austera. Durante mucho tiempo me creí mil por eso. Había algo de no caer en las redes del consumismo que estaba bueno, parecía más elevado. Había un mensaje muy fuerte, sobre todo de mi viejo, que decía que las necesidades materiales eran un invento del Marketing para la gilada. ¡Sí!, así como lo lees: letal.

* Por María Freytes

 

El Día del niño era un negocio de las jugueterías y una Barbie no iba a hacerte feliz si los otros 360 días no te miraban profundo a los ojos. Lo mismo con el Día de los enamorados: salir a comer afuera a la luz de las velas no te convertía en pareja. Esa lógica se colaba el resto de los 365 días del año. El mensaje era claro: la espuma es espuma, lo sólido es sólido. Lo esencial se volvía Dios.

La lógica y la eficiencia también eran veneradas como primas hermanas de la austeridad. ¡Claro! Si vas a lo esencial de las cosas, te metés de lleno en lo neurálgico de un problema, seguro pierdas menos tiempo, llegues más rápido y resuelvas el problema con menos recursos. Sí, mi viejo es ingeniero.

Me acuerdo de su voz cuando viajábamos: “Solo hay que acordarse del pasaporte, el resto todo, tiene solución”. Si íbamos a un restaurant y el plato venía medio frío, te lo comías igual, no era cuestión de complicársela al mozo y peor pecado aun era osar cambiar la guarnición de un plato ya definido. El vozarrón del viejo era contundente: “¡No la compliquemos!”. La simpleza también debía imperar siempre.

Aprendí a ser lógica, eficiente y expeditiva, lo que en la jerga lunfarda sería: ser piola, arreglármelas con poco.

Sin embargo a medida que fui creciendo empecé a tener cada vez más ganas de despilfarrar. A hacerle menos caso a la lógica y más a los impulsos, tuve más ganas de pedir perdón por mandarme la macana que permiso para hacerla, preferí perderme en el camino que llegar directo batiendo récord y disfruté equivocándome por calcular con la abundancia y no con la calculadora. Empecé a sentir una necesidad desmedida por derrochar en encuentros con amigos, desbordar la capacidad de risa y desbandarme con más vida.

Sentí miedo. Mi cabeza empezó a dar vueltas en redondo, la lógica perdía su puesto y venía una ola de relax desmedido, la eficiencia se volvía vieja y la austeridad se sacaba las gafas y ya no auditaba. ¿Estaba perdiéndome?

Sentí miedo y al instante sentí calma. Lo que yo estaba asegurando, con uñas y dientes, era que mi educación no se estuviera colando en mis gestos, en los festejos, en las pasiones, en mis formas y, sobre todo, en mis sueños.

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