El otro día, en una cumbre de filósofas contemporáneas (almuerzo con amigas), exponíamos que, dentro de casa, siempre hay un rol que priorizamos por encima de otro: algunas priorizan el rol de geisha o primera dama; otras, el de Caroline Ingalls; otras, el de profesional exitosa; otras (las menos), el de hedonistas.

 

En lo que coincidimos todas fue en que en algún lugar hacemos agua. En que el tiempo se nos acaba antes de llegar a regar todas las áreas fuera del rol principal y, que, sin querer, alguien en la familia sangra.

Una asumía que eran sus hijos quienes reclamaban ser “los postergados”; otra, que era el marido quien se proclamaba “el abandonando”; otra decía ser ella misma “la relegada”.

Muchas veces las mujeres hacemos listas, listas de todo lo que tenemos que hacer, partiendo por lo más importante o urgente (que rara vez es lo mismo); un check-list que vamos tildando a medida que avanzamos. Pero ¿qué pasaría si empezáramos esa lista por el último orejón, si pusiésemos el foco en aquel (o aquello) que queda para el final y diéramos vuelta los ítems de abajo hacia arriba? Que los últimos sean los primeros, a ver qué pasa.

Quizás la geisha descubra que se entretiene más frente al espejo que sirviendo té o bailando para otro; la primera dama pase a ser la segunda de nadie o de nada; tal vez Caroline Ingalls se olvide de sus hijos por un rato y arme un microemprendimiento en el granero o la profesional exitosa se tome vacaciones y descubra que es feliz horneando bizcochos con sus hijos (y por qué no con los Ingalls de invitados); seguramente, la hedonista se choque con algún cachetazo que no estaba en la lista y descubra que el dolor es parte inevitable de la vida y que el placer sin los afectos no es nada.

Si los últimos fuesen los primeros (aunque sea por un rato), quizás dejarían de sangrar,
y se sentirían (aunque sea por un rato), la frutilla del postre más que el último orejón del tarro.

 

*Columna escrita por María Freytes con la colaboración de Julia Rufener

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