Algunos sentimos la culpa en el pecho, otros la sienten en la panza o en la garganta y, cuando la culpa es gorda, desborda en forma de lágrimas frustradas, por haber fallado, una vez más.

*Por María Freytes

 

Hago lo que no debería. Miento. No cumplo. Repito un error. Culpa.
Prometo que no va a volver a pasar. Juro no volver a hacerlo. Prometo esta vez estar. Fallo.
Volvemos a llegar tarde a casa y a mentirles a nuestros hijos. Volvemos a defraudar y a trazar una meta que incumpliremos mañana.

Por culpa, dejamos nuestros sueños y, a la vez, nos culpamos por no perseguirlos.

El cuerpo no puede. La vida no nos basta para satisfacer a todos, y a nosotras. Algo no cierra. Fallamos sistemáticamente, llenándonos…, de culpa.

¿Qué es la culpa?

La culpa no es nada más ni nada menos que el incumplimiento de una norma interna. Es como violar la propia constitución.

Desde que nacemos escuchamos teorías de mamá, reflexiones de papá, juicios y prejuicios de abuelos y tíos, códigos escolares, mandatos religiosos y sociales, discursos nacionales y mundiales; que arman en nuestro cerebro un ideal; sellan a fuego en nuestro cuerpo la idea de lo que está bien, de lo que es correcto.

Cuando el cerebro, como en el viejo juego de encontrar las diferencias, detecta anomalías entre el ideal y la realidad, inyecta culpa.

¿La dosis? Según el nivel de arraigo del mandato traicionado, será la cantidad de jeringas que inyecte.

– No se miente. Siempre la verdad.
– A los hermanos, se les perdona todo.
– Las buenas madres se entregan de lleno a sus hijos.
– Si no tenés pareja, no podés ser madre/padre.
– A los 30, tenés que estar encaminado profesionalmente.
– Es mejor soportar un matrimonio mediocre que separarse.

Cuando alguna de las mil normas adquiridas se pone en jaque, empieza la culpa a trepar por el intestino.

Si lo que se está traicionando es una norma ética o universal, bienvenida la puntada abdominal. La culpa opera de termómetro, de bandera de alerta. La culpa es “de la buena”, esa que sirve para chequear que la integridad sigue fuerte.

Pero cuando la culpa se activa por frustrar “las normas de los otros”, quizás convenga ir a quirófano, cachar el bisturí y diseccionar.

– “Tuviste que haber callado eso que le dijiste a tu hermana. Las relaciones entre hermanos no se ponen en zona de riesgo”. ¿Estoy de acuerdo 100% con esa norma? ¿Vale todo entre hermanos?
– “Tus hijos te necesitan en casa a las cinco, cuando llegan del colegio”. ¿Puedo llegar a esa hora todos los días? ¿Es factible con mi esquema laboral? ¿No se puede llegar más tarde y seguir siendo una buena madre”. ¿Vale la pena seguir mintiendo para sostener lo insostenible?
– “Te quiero muchísimo, pero quiero separarme”. ¿Por qué me pesa tanto cumplir esta norma? ¿A quién traiciono si renuncio? ¿No podemos, tal vez, modernizar un poco este mandato? ¿Podemos buscar acuerdos?

¡Esta norma te la banco! ¡Esta norma la tiro al mar!

Tendemos a salir galopando, como caballos desbocados a corregir lo incorrecto, a erradicar la culpa, y de raíz; sin darnos cuenta de que, cuando el cuerpo no puede dejar de hacer lo que hace o de sentir lo que siente, ya no se trata de corregir la culpa, se trata de corregir la norma.

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