*Por María Freytes

Son las 8 de la noche, la comida está tardando más de la cuenta y me agarró un ataque de hambre voraz. Paso por enfrente de la olla, pero mínimo faltan 20 minutos para mis brócolis. Mi ansiedad no resiste. Abro la despensa, escaneo estante por estante. Increíble: hay alfajores y de los buenos. Como una orden completamente automatizada mi cerebro dispara: “para después de comer”.

Para variar, un momento trivial de mi vida termina activando no se qué parte de mi cerebro y necesito escapar a un plano trascendental. Me pregunto: “¿de donde viene esta filosofía de dejar lo mejor para el final?, ¿por qué el placer tiene que ceder espacio a la razón, al sacrificio?, ¿dónde se arraiga esta creencia de que, si postergo el placer, lo duplico?”. El postre para el final. Igual que en la vida: “El cielo como la frutilla de la torta”. Lo bueno se hace esperar. El que último ríe, ríe mejor; como si se disfrutara más por el hecho de esperarlo, porque mientras espero, mi deseo crece. Porque si me cuesta, me gusta más. Se valora. También pienso, contrariamente, que si espero demasiado, aumento mi expectativa y, por ende, tal vez, al momento de pegar ese ansiado mordisco al alfajor, el sabor ya no resulte tan espectacular. Si lo como primero con más hambre lo voy a disfrutar más que si lo como con la panza llena, saciada, porque el alfajor habrá perdido ese plus que le agregan la ansiedad y el hambre. No logro ponerme de acuerdo. Ambas teorías me seducen.

Pienso en todas estas nuevas corrientes que invitan a vivir el hoy, el presente, el ahora… ¿Por qué mi cabeza estaba programada para no permitirme comer el alfajor en ese preciso momento? Me acuerdo que de chica me compraban un helado en la playa cada muerte de obispo, tomar una gaseosa era para fines de semana excepcionales, nada de cartuchera de tres pisos ni lapicera con punta de plata. Eso llegaría algún día, al final. ¿Al final de qué? No sé… A mí siempre me llegó cuando la moda ya había pasado de moda. Ya perdoné a mis padres.

Entonces me di cuenta de que crecer había significado para mí (entre otras cosas, ¡por supuesto!) nada más y nada menos que ir perdiendo de a poco el principio de placer en pos del principio de realidad. O sea, aprendí a contener eso que tienen los niños de querer saciar el pacer inmediatamente. Por un instante me pareció siniestro. Sin embargo, si mi hija Simona me pidiera a sus 6 años la cartuchera de tres pisos, no se la compraría; si me pidiera la lapicera con punta de plata tal vez le exigiría un esfuerzo hasta conseguirla y alternaría entre rigidez y concesión con respecto a los helados.

Al final tener un deseo, perseguirlo y obtenerlo con algo de sacrificio, no me remite a algo siniestro. Es más, siento que hay algo sanísimo en ello.

Abro el alfajor y me lo como lentamente. Hace calor y esto ayuda a que esté más húmedo que de costumbre, deshaciéndose en mi boca. Entre bocado y bocado pienso: lo que hay que trabajar es la capacidad de discernimiento, o sea, cuándo vale la pena contener y cuándo no lo vale. Se trata de hacer que el principio de placer negocie con el principio de realidad, pero hay que haber contenido para saber soltar y hay que soltar de más para saber que hubiera sido necesario contener.

Para rematar les comparto una frase que me regaló Jorge Solari, con quien pensamos y escribimos esta columna, como dice Elliot: “Volveremos al lugar del que partimos para verlo por primera vez”.

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