Hace unos días, ayudando a mi hijo Borja con sus trimestrales de Lengua, me encontré estudiando el género de la fábula. Por esas lindas casualidades de la vida, esa misma tarde, mi amiga, ¨la¨ Julia, decidió compartir conmigo, así porque sí, una fábula que la había movilizado.

* Por María Freytes

 

Siempre me gustaron las casualidades. Siento que, como las fábulas, las coincidencias terminan develando un mensaje. Inmediatamente abrí el adjunto sin saber que ese archivo me ayudaría no solo en los estudios con Borja, sino que terminaría inspirando mi columna de hoy.

He aquí la fábula de la rana sorda. que, como toda fábula, es corta y trae moraleja.

La fábula dice así:

Érase una vez un grupo de ranas que viajaba por el bosque, cuando de repente dos de ellas cayeron en un pozo muy profundo.
Las ranas que no cayeron se reunieron alrededor del pozo y al ver cuán hondo era, sugirieron a las dos ranas en el fondo, darse por muertas. Las ranas caídas no hicieron caso a los comentarios de sus amigas e insistieron en saltar fuera del pozo con todas sus fuerzas.
Las demás recalcaban que sus esfuerzos eran inútiles. Finalmente, una de las ranas puso atención a lo que las demás decían y se rindió, desplomándose y muriendo.
La otra rana continuó saltando tan fuerte como le era posible. Una vez más, la multitud de ranas le gritaba y le hacía señas para que dejara de sufrir y que simplemente aceptara su fin. Sin embargo, la rana saltó cada vez con más fuerzas hasta que, finalmente, logró salir del pozo.
Cuando salió, las otras ranas absortas le preguntaron cómo lo había hecho, a pesar de todo lo que le habían gritado. La rana les explicó que era sorda y que pensó que todas la estaban animando a esforzarse más y que los gestos eran de apoyo para que lograse salir del pozo.

Lo primero que pensé es en la cantidad de palabras que los seres humanos soltamos al aire con la impresión de que por ser aire, son livianas y se las lleva el viento. Poco dimensionamos el verdadero valor y peso de cada palabra, sobre todo para quien las recibe.

Pienso en mis ranas receptoras: amigas, amigos, hija, hijos, hermanas, madre, padre, marido, entre otros.
Mi palabra tiene poder, pienso. Mi palabra tiene el poder de animar, alegrar, calmar o entusiasmar a quienes quiero y a la vez tiene la misma fuerza para hundirlos, paralizarlos, llenarlos de tristeza o miedo. Mi palabra tiene impacto.

Mi mensaje transmite un espíritu; y mis palabras, lejos de irse volando, se cuelan dentro del cuerpo del otro, aligerándolo o haciéndolo más pesado.

A veces tiramos sogas, a veces nos tiran sogas. A veces lanzamos hielos y otras nos hielan desde afuera. Una rana murió, la otra por suerte era sorda.

¿Será cuestión de ser más conscientes de lo que decimos y más selectivos con lo que escuchamos? A veces hacernos las sordas puede valer la pena. Otras no. Pero si trabajamos sobre las voces de nuestras propias ranas internas, esa será, sin dudas, la mejor tónica para saber cuándo vale la pena desistir y cuando seguir saltando.

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