…Y un día llegó Fortunata; la perra de papá. La encontraron con apenas días de vida, él y su mujer, abandonada en la puerta de su casa. Desde ese momento, en el que la adoptaron, descubrieron que existe otro tipo de amor, especialista en transformar pequeños vacíos.

 

Me pregunto por qué un perro es capaz de llenar ciertos espacios que no podemos llenar hijos, maridos, esposas o amigos. La respuesta está a la vista: Fortunata los quiere sin peros, sin condiciones, sin cuestionamientos, sin comparaciones o rencores.

¿Hace cuánto que después de un día duro de trabajo nuestra pareja llega a casa y la recibimos moviendo la cola o nos alegramos tanto de verla que empezamos a dar vueltas en redondo saltándole encima con entusiasmo?

¿Hace cuánto que no nos acurrucamos al lado de alguien a quien queremos y vemos triste, sin hacerle preguntas, sólo para acompañarlo?

¿Hace cuánto no hacemos una demostración de cariño desfachatada; así como un perro nos da un buen lengüetazo en el medio de la cara simplemente para decirnos te quiero?

¿Hace cuánto no nos sorprendemos observando a alguien de forma pura, sin subtextos, sin reclamos?

El instinto de los animales determina su comportamiento de manera absoluta. Este mecanismo no es igual en los humanos, porque lo instintivo es modificado, alterado e incluso anulado por otros patrones: los culturales y emocionales.

¿Dónde quedó enterrado nuestro instinto? Porque hay momentos en que es lo único que necesitamos.

Cuestionamos, le buscamos la vuelta a todo, exigimos, reclamamos, especulamos y nos aseguramos de anteponerle siempre la cabeza a todo.

Hace poco, mi amigo Gabriel Levinas, me contaba que en su libro Al calor del monte habla de cómo los mapuches confían en su instinto: si sienten, por ejemplo, la presencia de un tigre cerca, es porque hay un tigre cerca.

Los animales y los pueblos “tienen el instinto más a flor de piel que nosotros, que, en vez de percibir el dolor del otro y lanzarnos a un abrazo (como haría Fortunata), nos preguntamos si es la forma, el lugar o el momento adecuado. En nuestra cultura, estamos acostumbrados a analizar, a cerebrar (y no siempre de la mejor manera).

Obedecer al instinto, también llamado corazonada (porque viene del corazón, que no entiende de razones), quizás nos volvería más certeros.

Tal vez, la evolución, tenga que ver con volver a ser más animales.

*Columna escrita por María Freytes con la colaboración de Julia Rufener.

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