Es una de las infusiones más antiguas y, según sus variedades, nos genera diferentes sensaciones. Preparate una rica taza y dejate llevar.

 

Desde que elegimos el té que vamos a tomar, volcamos el agua para lograr la infusión deseada, esperamos unos minutos, hasta que lo degustamos, sintiendo su aroma, apreciando su textura y reconociendo el sabor, estamos participando de una ceremonia que nos llena de sensaciones. “El té nos ofrece un mundo inmenso para descubrir a través de los sentidos”, dice Victoria Bisogno, fundadora de El Club del Té y autora del libro La Cata del Té (Ed. LID), y nos cuenta todo lo que podemos percibir con cada uno de ellos:

  • Vista: nos dará la primera impresión del producto. A simple vista podemos distinguir la variedad de té que estamos degustando, identificar virtudes y detectar posibles defectos
  • Oído: nos permite comprobar la crujencia de las hebras. Este sonido se corresponde con la cantidad de humedad contenida en las hojas secas del té.
  • Olfato: nos ayuda a conocer la identidad de un determinado té, el olor que lo define. La cantidad de notas aromáticas que podríamos encontrar es indeterminada. Los aromas que detectamos los identificamos con una serie de palabras que hacen referencia a olores conocidos como nota a limón, a jazmines, a pan tostado, etc.
  • Tacto: nos hace identificar sensaciones como cuerpo, textura, astringencia (sequedad) o pungencia (picazón o irritación) que nos pueden dar sensación de peso o ligereza, de untuosidad, de suavidad o aspereza, o de picazón en la boca.
  • Gusto: nos permite diferenciar un té dulce de uno amargo, un té salado de uno ácido. Un té podría ser a la vez dulce y amargo, esto se da porque distintos compuestos solubles activan diferentes receptores en la boca.

En su preparación, podemos distinguir tres instancias diferentes para el deleite sensorial:

  • Las hebras secas, en donde los colores, formas, texturas y contrastes pueden lograr un gran impacto en el consumidor a nivel visual y olfativo con una primera idea de lo que ofrecerá ese producto en la taza;
  • Las hebras humectadas que activan en mayor medida el sentido del olfato, ya que al estar calientes las hojas desprenden muchas más moléculas aromáticas que las hebras frías;
  • Y finalmente el líquido que obtenemos al preparar la infusión de té que ofrece estímulos visuales, olfativos, gustativos y táctiles.

En cada variedad de té podemos percibir distintas propiedades organolépticas que se activan con cada sentido. Así, Victoria Bisogno detalla el perfil sensorial de las principales variedades:

  • Té blanco chino: suele ser suave, de cuerpo liviano y color sutil comparado con otros tipos de té. Tiene notas a rosas, vegetales, cocidos, tomillo y pan tostado
  • Té verde: en general es mucho más suave y liviano que el té negro, pero más intenso y con más cuerpo que el blanco. El estilo chino tiene notas a vegetales cocidos, dátiles y nueces tostadas; mientras que el japonés, a vegetales crudos, algas y limón.
  • Té negro: el de origen chino es suave, amable y poco astringente, posee notas ahumadas, madera, orejones, cacao y tabaco. El de India posee notas florales, frutales, amaderadas y a tabaco.

A su vez, desde que elegimos qué té tomar hasta que nos damos el tiempo de saborearlo, ponemos en juego recuerdos y experiencias vividas que hacen que también se activen nuestros sentidos con sensaciones propias.

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web: www.elclubdelte.com

 

 

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